Carta de una estudiante que quiere enseñar a nadar sin flotador

“La juventud está perdida”, le dice el señor a la señora en el ómnibus. “La juventud está perdida”, le dice la abuela al nieto. ¿La juventud está perdida? ¿Es posible que los jóvenes no podamos generar cambios profundos, reales?

Para cualquiera, grande o chico, las ganas actúan como piedra fundamental, como punto de partida y guía de referencia a lo largo de esta travesía. La tarea de quien la lleva a cabo se asemeja a la del deportista: paciente, comprometido, pero sobre todo visionario. El que anhela la transformación sabe a dónde quiere llegar y va por ello. Quiere dejar una huella.

Quien tiene el deseo del cambio profundo sabe que hay solo un camino, y, de nuevo, es el de la convicción. En ese terreno no hay matices, solo existe el blanco o el negro. Mejor dicho, solo el blanco: el esfuerzo.

Este recorrido puede volverse muy sinuoso, con olas más altas y bajas y los “inspectores” que se atreven a decir “alto, esta no es la senda correcta” son potenciales amenazas. Pero el faro que ilumina el viaje sigue aún encendido. La meta es una sola. Repito, la convicción.

Ahora bien, ¿cuál es la fórmula secreta? ¿De dónde sacar ese “no sé qué” que te garantiza el éxito? Si se quiere una única respuesta, no la vamos a conseguir. De lo que sí hay que estar seguros es que en equipo todo se vuelve más fácil. La complementariedad y confianza en el otro son dos factores fundamentales para alcanzar el objetivo.

Es decir, esta lucha parece ser una batalla que, en soledad, está perdida. Es cierto, las reglas han cambiado y el viejo mundo siente que se aleja de lo que se viene, lo que ya llegó y ya pasó.
Hoy, la necesidad de actualizarse es constante. Todo ocurre ya. Ayer.

Entonces me pregunto, ¿hasta dónde vale la pena esta pelea? Primero hay que saber nadar y el que lo hace todos los días, en cada mínima situación, es experto en esto. Pero de nuevo, en un mar que es incierto y cambiante como el nuestro, la orilla parece alejarse. No dejemos que la corriente nos arrastre. Tampoco nos subamos a la balsa de la comodidad para hacer el camino más fácil.

Aprovechemos la crisis, la desesperación de sentirse ahogados como si fuera el primer día. Formemos equipos y salgamos a demostrar que sin convicción es difícil que el cambio se vuelva significativo. No nos dejemos hundir.

Sigamos nuestro rumbo y enseñemos a nadar sin flotador.

 

Redactora: Carolina Vassallucci

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